
Nací en Berlín, aunque eché raíces en España a los 13 años. Puede que la fotografía me viniera ya de fábrica; mi padre, periodista, rara vez se separaba de su cámara. Yo tuve que esperar un tiempo para sostener la mía, pero mientras llegaba, devoraba revistas de fotografía imaginando el momento en que esas fotos llevasen mi nombre.
Con la llegada de mis hijos, la cámara pasó a ser una prolongación de mi mano, dejando como legado decenas de álbumes llenos de recuerdos. Sin embargo, el verdadero salto llegó cuando ellos crecieron y decidí volcarme de lleno: cursos, concursos y la suerte de conectar con personas que compartían mi misma mirada.
Mis primeros pasos serios fueron bajo el cielo nocturno, persiguiendo estrellas y devolviendo la vida con luz a ermitas y vehículos olvidados. Hoy, en cambio, he cambiado el iluminar lo inerte por retratar a seres que ya laten con vida propia.
El gusanillo terminó por contagiar a mi marido, y hoy rodamos por Europa en autocaravana, persiguiendo luces y momentos sin más rumbo que la propia inspiración. Porque para mí, fotografiar jamás ha sido solo apretar el disparador: es una forma de mirar el mundo con pausa, de reencontrarme y de saborear la certeza de estar en el lugar que quiero estar.